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Lo que la pandemia se llevó.

Historia de una mujer empoderada

Hace poco más de tres años, conocí a través de una aplicación de citas a un hombre educado, de mediana edad, con una biografía compleja pero interesante, con un pasado triste y conmovedor. Su mirada clara e intensa mostraba bastante transparencia y me inspiraba total confianza, y eso que yo soy súper desconfiada. La atracción física fue inmediata, pero al mismo tiempo hubo una conexión bastante intima. Compartíamos el amor por la música, la ciencia y las conversaciones ñoñas. Al poco tiempo brotó una relación que era más intelectual que física, pero que tenía momentos de erotismo y pasión como todo romance que recién comienza. La primera señal que debió alertarme fue una noche en un motel, en el que se molestó por presentar problemas de erección, tuvo un discurso en un tenor agresivo en el que me responsabilizaba totalmente del asunto. Yo le había hablado demasiado sobre mis ex en la cena, y eso había sido la causa de su mal desempeño….lo curioso es que yo no tenía ningún interés en hablar de ese tema esa noche, pero él me interrogó peor que agente de la Gestapo, indagando hasta el más insignificante detalle. Como yo soy bastante relajada y transparente, jamás sospeché que “todo lo que digas puede ser usado en tu contra” iba a ser aplicado. Tampoco he tenido tantas parejas en mi vida como para sentir que pueda alguien etiquetarme de maraca. Luego de ese evento, le puse freno a la relación. Le dije que mejor era ser buenos amigos que malos amantes. Dos o tres días después, me confesó por teléfono que aun pensaba en una mina con la que había estado saliendo antes de conocerme. Que estaba casi convencido de que estaba completamente enamorado de ella. Yo lo alenté a buscarla y confesarle sus sentimientos. Dejé de aceptar sus invitaciones y a los pocos días, de atender sus llamadas, por razones obvias quedé bastante afectada, pero no me duró más de dos o tres días la pena.

Como tres semanas después, me rogó que lo disculpara, que se había confundido, que en realidad yo lo intimidaba con mi postura tan independiente, y que quería una segunda oportunidad porque yo era la mina con la que quería estar. Le dije que podíamos ser buenos amigos, pero que primero él tenía que resolver sus dudas, sanar su corazón, y yo recuperar las confianzas, y que después veríamos como iban las cosas. Yo no me iba a abrir a la primera (ni de piernas, ni mi corazón algo magullado). Luego de varios meses, de contacto telefónico casi diario y salidas amistosas, tuvimos una pelea telefónica muy fea. Yo no le prestaba suficiente atención. Hasta ese momento él jamás manifestó con palabras ni con acciones concretas de que estábamos en una relación romántica y monógama, y yo menos. Lo mande a la superchucha. Lloré dos días y me recuperé. Dos meses después, me busca nuevamente…y yo como soy weona, lo escuché, casi suplicándome y con los ojos vidriosos, que por favor perdonara lo pelotudo que había sido, que hasta que me había perdido no se había dado cuenta….blablabla…..y como soy weona, cai redondita. La noche de año nuevo la pasamos juntos, y me pidió pololeo lo que resulta gracioso cuando ya tienes más de 40. Las primeras semanas bien, planificamos vacaciones juntos y hasta ahí, la raja. ¡las vacaciones fueron infernales!. Estuve a punto de agarrar avión y devolverme en dos oportunidades. Machista, súper enojón, tacaño, pese a que le pedí que por favor no fumara cuando estaba conmigo. Sexo malo y poco, ni me pescaba….prefería ver el Festival de Viña en la TV que pegarse un polvito.

Al llegar a Santiago terminamos, yo ya no quería verlo ni en pintura. Tres semanas después volvimos, de puro weona que fui, lo sé. A los pocos meses ocurrió otro evento que aún me causa horror. Estábamos en la cama de un motel, de esos con espejo en el techo y al ver nuestros cuerpos hizo el siguiente comentario: -Si tuvieras la plata hoy, para hacerte cualquier cirugía plástica ¿Qué te harías?, yo no alcancé a decir nada y empezó a recortarme y ponerme por todas partes. Lo paré en seco y le dije que yo no me haría jamás una cirugía plástica. Me vestí y me fui indignada…Según él yo lo había entendido mal y le había puesto color. Siempre que salíamos a comer hacia comentarios del tipo “etiquetado nutricional” de cada bocado, y comentarios sobre mi peso, sobre mi ropa o sobre lo bien que me haría hacer más ejercicios, con el pretexto de que le preocupaba muchísimo mi salud. Alguien preocupado de la salud ajena, lo primero que debe hacer es ser un ejemplo preocupándose por la propia y no digamos que era Gerard Butler en Sparta, sino más bien Danny de Vito en Matilda. Cada cena terminaba en pelea (por sus comentarios inapropiados y por el momento de pagar la cuenta) y yo indignada mandándolo a la mierda, pero al final lograba convencerme de que era una sobre reacción mía. Y siempre salía con Pamela Jiles, las feminazis que me estaban lavando el cerebro, y que una cosa era ser empoderada y otra distinta andar de victima por la vida, pretendiendo que todo es machismo y agresión. Fueron muchos meses, muchas peleas, muchas reconciliaciones. Muchos ya no más, que se quedaban en nada. Pasé de ser una mina empoderada, clever, “bodypositive” y segura a ser una gorda deprimida sin amor propio, que permitía que un pelafustán la ninguneara, le faltara el respeto y que con un falso te amo lavara todas sus pelotudeces. Agradezco a la pandemia el haberme armado de valor, y haberle puesto punto final a tanta mierda. El día que mis hijos me enfrentaron y me dijeron: hasta cuando aguantas que ese tipo te trate mal, recién logré ver con total convicción y claridad que estaba en una relación tremendamente asimétrica, violenta, abusiva, totalmente toxica, tal vez lo supe desde siempre, pero el miedo a empezar de cero otra vez me volvía ciega (y weona) Hice click y entendí que nadie merece recibir malos comentarios de forma tan gratuita y que el amor sincero nunca debería hacerte sentir así de poca cosa.

La gran pelea final fue a pocos días de iniciar la cuarentena, cuando el perla no lograba entender que entre el homeoffice, el homeschool y el housekeeping, no me quedaba tiempo ni ganas de estarlo llamando cada 5 minutos.

Hoy estoy partiendo desde cero en lo amoroso, en plan de recuperarme y reconstruirme. Logré entender que el machismo y la violencia de genero, no solo se limita a la violencia fisica y que efectivamente cuesta mucho identificar la violencia cuando la estas viviendo, porque en general todo esta naturalizado y es aceptable. Empiezas a preguntarte: seré yo la exagerada?, será que me estoy volviendo feminazi? Albert Einstein aseguró que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y los países, porque la crisis trae progresos”. A mi el virus SARS-CoV-2 me trajo de regreso a la persona que nunca debí dejar de amar incondicionalmente, la mujer que nunca debí dejar de ser.

Una mujer empoderada

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